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El carisma, ¿se nace o se hace?

  • 17 mar 2018
  • 2 Min. de lectura

¿Es el carisma un don y depende de factores tanto interno como externos?. En Le Bon y su estudio sobre las masas vemos que el autor llega a plantearse la existencia de algo similar al carisma aunque conviene decir que no utiliza para nada esta palabra sino la de prestigio.


Le Bon cree que “no es religioso únicamente cuando se adora a una divinidad sino cuando se aplican todos los recursos del espíritu, todas las sumisiones de la voluntad, todos los ardores del fanatismo al servicio de una causa que ha de convertirse en meta y guía de los sentimientos y las acciones” (1983: 59).

Gustave Le Bon

Ante la cuestión de los líderes de masas, indica que uno de los mecanismos que puede configurarlos es el prestigio, el cual es divisible en dos categorías:


1.- adquirido o artificial: “conferido por el mismo nombre, la fortuna o la reputación”.


2.- personal: “algo individual y que coexiste con la reputación, la gloria o la fortuna en ocasiones o es reforzado por ellas pero siendo perfectamente capaz de coexistir de forma independiente” (1983: 97).


Este prestigio personal podría ser perfectamente un carisma propio del líder. Lo posee el individuo y es intangible pero no es conferido por Dios, como apuntaban las tesis de autores anteriores, incluso el Concilio Vaticano II.


Max Weber

Es Weber quien introduce definitivamente el concepto de carisma más allá de la esfera religiosa. Y habla de él como una de las tres variantes de la legitimidad del poder: “Debe entenderse por carisma la cualidad que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen lo mismo si se trata de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares) de una personalidad por cuya virtud se la considera en posesión de las fuerzas sobrenaturales- o por lo menos específicamente extraordinarias y no asequibles a cualquier otro- o como enviados del dios o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía y líder)” (1964: 193).


Conviene recordar que Weber no habla necesariamente de un líder fascista o autoritario aunque es evidente que este tipo de líder puede hacer un uso mayor de la legitimidad carismática. Queda por examinar si es posible un carisma no autoritario. Weber lo cree realmente ya que: “El principio carismático interpretado según su sentido originario de modo autoritario puede ser reinterpretado de forma no autoritaria pues la validez de un hecho de la autoridad carismática descansa en realidad por completo sobre el reconocimiento; condicionado por “la corroboración” de los dominados que ciertamente tiene carácter de deber frente a los calificados y, por tanto, legítimos” (1964: 214).


A consecuencia de ello hay que destacar dos puntos importantes: a) La obediencia ante el mandato del carisma no sería pese a todo ni instantánea ni acrítica. b) Todo proceso de mandato y obediencia- y el liderazgo lo es- descansa sobre un valor funcional. No se hace nada sin obtener beneficios de algún tipo. Aún aceptando que el reconocimiento del carisma fuera totalmente acrítico este debe producir necesariamente unos efectos beneficiosos y no constituir una mera relación parasitaria.


Básicamente existiría siempre una relación de poder entre el líder carismático y el subordinado al carisma del primero; aunque siempre con la premisa de un beneficio intrínseco para ambos.

 
 
 

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