Dani García: ¿dos estrellas Michelín?
- 21 jul 2017
- 3 Min. de lectura
Sinceramente nunca había pasado por el dos estrellas Michelín de Dani García, en el hotel Puente Romano de Marbella. La llegada de un amigo, en visita por business, ha supuesto que haya visitado el centro del supuesto placer de los gustos. Digo supuesto porque se me han caído todos los palos del sombrajo: un batiburrillo de sabores, en algún caso excesivamente avinagrados que no son argumentos suficientes para creer que la cocina del cocinero marbellí sea de primera línea. Mi amigo, más acostumbrado a visitar sitios de tan alta alcurnia, no ha dado a la cocina del chef más allá de un suspenso raspado, no ha llegado ni al cinco, y eso sin mirar las estrellas porque de haberlo hecho el suspenso habría sido menos alegre.
Los dos primeros platos: tomate en ceviche y tomate moruno han sido un desastre, mi amigo, que venía de El Ejido se ha reído del sin sabor de los tomates de Conil, nada que ver a lo que está acostumbrado.

El tercer plato: Yogur de Foie con virutas de anguila ahumada, quizás uno de los platos salvados de la quema. Aunque, eso sí, ya lo había probado hace cuatro o cinco años en una exposición de Cartier en Puerto Banús.
Los camareros muy voluntariosos aunque se veía falta de técnica, ¿quizás eran becarios?, todo puede ser pero para quien paga un almuerzo a 150 euros el cubierto, todo incluido, no le parece tan bien. Cariñosos y voluntariosos, para mí no han estado mal aunque sí se les notaba cierta bisoñez.

Y vamos con el cuarto, a estas alturas todo parecía mejor, quizás la copa del Champán más caro que existe, el Krug, y el riego con un excelente Chardonnais lo hizo más pasable. “Huevo de campo con cefalópodos, migas crujientes y salsa de su tinta”. Rico, quizás, para mi gusto, sobraban los cefalópodos, una reunión de sabores que estuvo bien, pasable, pero no más.
El siguiente plato ha sido un cordero con berenjenas glaseadas y ras al-hanout. ¿qué queréis que os diga?, a mí no me gusta el cordero y encima he tenido la mala suerte de tomar primero un trozo de grasa que he sacado rápidamente de mi boca. Por lo demás, justito en su punto, apreciable su textura y poco sabor a cordero que, en mi paladar, he agradecido.

Y de postre albaricoque estofado con espuma de caramelo, bizcocho en aceite de oliva, helado de limón y romero. Todo muy rico al paladar, frío y caliente pero no al gusto del consumidor, le faltaba algo.
Nos equivocamos al principio porque entramos en Bibo, la franquicia barata del restaurante dos estrellas, hasta que nos dimos cuenta de la equivocación. Al intentar cambiar nos dicen que llamarían por si no había mesa. Después de cinco minutos nos levantan del Bibo para enviarnos al Caleidoscope, el bueno, y entre más de veinte mesas sólo dos parejas sentadas, y nosotros. Deficitario como negocio seguro.
En fin, mi visión particular es que con los más de cuatrocientos euros del almuerzo, gracias a Dios invitó mi amigo, se pueden hacer muchas más cosas. Ni mi amigo, ni Esperanza ni yo mismo volveremos por el lugar, ni invitados. No es una estafa pero esperábamos mucho más de un dos estrellas Michelín, nuestro gozo, finalmente, en un pozo. Lo más salvable, el café de Kenia, increíble no sólo el sabor sino la preparación. Pero de un café no creo que pueda vivir. un restaurante de lujo.
























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