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Coaching o coachingueo

  • 23 mar 2017
  • 2 Min. de lectura


Alucinado me quedo al ver lo sencillo que es formar a un coach hoy día. Es como todo en este país, para qué vas a dedicarte a estudiar años y años, formarte intentando "controlar" todos los aspectos que confluyen en tu profesión si en un fin de semana te preparan y ya puedes comenzar a destrozar la mente de los demás; porque es para eso para lo que sirven dos jornadas a los coach de nuevo cuño.


Yo, por ejemplo, formado como coach a través de un Master en la Autónoma de Barcelona tocando los mismos palos mediante un Doctorado, experto en comunicación verbal y no verbal, sacando las mejores notas (hay que estar orgulloso de uno mismo ya que los demás procurarán que pases desapercibido), es evidente que impregnado de las más importantes corrientes de Psicología, Economía, Comunicación, Estadística, etc, soy un cero a la izquierda para las nuevas escuelas de coaching que más parecen sectas que otra cosa. Porque vamos a ver, almas de cántaro, de cuándo se viste el "couching" de espiritualidad, religión y parapsicología.


A mí me gusta de siempre el budismo zen, ese que asegura que es mejor ser flexible como una rama que rígido como rama seca. Si la nieve se posa en una u otra es factible que bajo el peso se rompa la seca y sobreviva la flexible que se doblará hasta dejar que la nieve caiga para recuperar su posición original. Ideal, no sabes lo que se aprende así, eso viene a ser real; lo que ya no está tan claro es que te anticipes al enemigo antes de que saque la espada para acabar contigo y le metas tú el mandoble primero. Eso ya no me gusta, pero ahí queda, las enseñanzas del zen molan pero si no las interiorizas sirven para poco; que se lo pregunten a Fernando Alonso, que por mucho zen que practique si no tiene caballos su máquina no ganará carreras. Claro que lo mismo le viene bien para aguantar chaparrón tras chaparrón año tras año y ser paciente, que la verdad lo necesita.


Pero volviendo al coaching investido de espiritualidad: iros a vender motos a otro sitio. Vergüenza me dan esos cursillos de fin de semana que sirven para engordar la cartera, timar al personal y hacer creer que se es alguien por seguir las tres reglas básicas: creer en uno mismo, respirar diez veces antes de responder e ir siempre limpio, vamos lo mismito que un Testigo de Jehová en campaña.

 
 
 

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